martes, 1 de marzo de 2016

Los refugiados y los gorrones


Mutualizar era un concepto odiado por la Europa hegemónica (Alemania y su glacis) durante los peores momentos de la crisis del euro. Entonces, se opusieron a mutualizar la deuda pública —compartir los costes y los riesgos mediante la emisión de bonos europeos— para ayudar a los países más afectados por las desgracias económicas. Se trataba de repartir las cargas entre todos los países de la eurozona haciendo realidad el hecho de una unión europea.

Ahora, ese concepto de mutualización se ha hecho más simpático entre los mismos países halcones, en el momento en que son ellos los que tienen que soportar en mayor parte la nueva crisis que asola a la UE: la de los refugiados. Son ellos los que quieren mutualizar a los propios refugiados que huyen de la muerte (repartirlos entre todos) y mutualizar los costes de mantenerlos, integrarlos y regularlos. No hubo mutualización de la deuda pero puede haber mutualización de los refugiados.

Algo parecido es lo que propone un documento del Ministerio de Economía y Finanzas de Italia. Matteo Renzi está deviniendo en el contrapeso de las políticas que llegan de Berlín y Bruselas. Entienden los italianos que la respuesta de la UE a las dificultades de los ciudadanos europeos durante los años de la Gran Recesión han sido insuficientes, tanto en su vertiente económica como migratoria, y exigen flexibilidad en la aplicación de las reglas y —de nuevo el palabro— la “mutualización de los riesgos” para que Europa sea una verdadera unión. Sobre los refugiados, opinan que su presencia es sistémica y que necesita una respuesta conjunta: “La policía europea y la gestión común de fronteras justifican el recurso a la mutualización de fondos a través de un mecanismo conjunto como los eurobonos”. No se escuchan los gritos escandalizados de Wolfgang Schäuble y sus aliados holandeses.

Si no se arregla por humanidad el problema de los refugiados, que se haga para mantener uno de los logros más medulares de la UE: la desaparición de las fronteras interiores de los países firmantes del Tratado de Schengen. En un artículo imprescindible (Un bien colectivo que nadie defiende), Carmen González Enríquez, investigadora del Instituto Elcano, escribe que hay países europeos que actúan como esos gorrones, que siempre confían en que sean otros los que paguen y cumplan las reglas mientras ellos disfrutan de los bienes de todos. Estos bienes (Schengen, el euro y el mercado común son los principales bienes colectivos que ha producido la UE) plantean un dilema: aunque todos reciben sus beneficios, su mantenimiento exige un coste nacional ya sea económico, por la vía de los impuestos, o de comportamiento, por el camino de acatar normas que no siempre son las preferidas en cada momento por los Estados.

Sin un mínimo de compromiso, el bien colectivo se hunde y desaparece. El cierre de fronteras no hace más que extenderse y provoca un efecto dominó. Hay en la UE una falta de reacción frente lo acordado: no lo cumplen, no desplazan a los expertos necesarios para que funcionen los puntos de entrada regulada de refugiados en Italia y Grecia, sin los cuales los mecanismos de recepción, registro, reparto y devolución es imposible; no envían personal o medios a Frontex ni aportan los fondos comprometidos con Turquía; y ponen todas las trabas posibles a la aceptación de las cuotas de refugiados.

Países gorrones que confían en que sean otros (Grecia, por ejemplo) los que cumplan las reglas mientras ellos disfrutan gratis de los bienes colectivos. No deja de ser paradójico, dice la investigadora de Elcano, que sean las naciones del Este (aquellas que más se beneficiaron desde finales de los años noventa de la libertad de movimientos de la UE por el alto número de migrantes económicos que desplazaron al Oeste) las que hoy ponen más trabas a la llegada de refugiados y, por ende, las que hacen peligrar con más intensidad los acuerdos de Schengen.

Qué fue de la nueva política


Uno de los argumentos más repetidos para explicar por qué ha sido tan difícil para PSOE y Podemos llegar a un acuerdo antes de la investidura es que rivalizan por un mismo electorado. La cercanía ideológica entre ambos partidos y la coincidencia de sus programas electorales no ha sido suficiente para superar la desconfianza que nace de esa competición electoral latente. En cambio, el desencuentro entre Iglesias y Rivera es un ejemplo de lo contrario: aunque los espacios electorales de estos partidos no se solapen y compitan por distintos votantes, sus líderes han enterrado en la división ideológica cualquier posibilidad de entendimiento. Y no parece que haya nada de lo que un día les vinculó que pueda rescatarlos de ese enfrentamiento.

Ciudadanos y Podemos emergieron de la misma crisis de representación, reivindicaron una nueva forma de hacer política más allá del eje izquierda-derecha, e impulsaron sus agendas alrededor de la regeneración democrática e institucional. Las similitudes en el perfil de sus electores reflejan ese origen común: votantes más jóvenes y educados, fundamentalmente urbanos y más preocupados por la política, la corrupción y el fraude que los electores socialistas y populares. Las diferencias ideológicas entre los dos partidos quedaron al principio disimuladas por su novedad y por lo que significaban para el fin del bipartidismo. Cuando llegó la hora de escribir los programas electorales y entrar en materia ideológica, la distancia entre las formaciones se acrecentó.

A día de hoy no parece que haya nada que una a Podemos y Ciudadanos. El momento en el que sus líderes se aupaban sobre la misma crítica a la “vieja política” y al funcionamiento de la democracia parece muy lejano e imposible de reproducir. El germen de la nueva política ha muerto antes de que se estrene la legislatura, engullido por las diferencias en materia económica, laboral y territorial que sus líderes han avivado en el intento por convertirse en el interlocutor privilegiado de Pedro Sánchez. Rivera e Iglesias se han utilizado mutuamente, apuntando a la radicalidad del otro para reafirmarse en la negociación.

Lo sorprendente no es que la ideología haya acabado llevándose por delante las cuestiones sobre las que Ciudadanos y Podemos se abrieron camino en la escena política, pues lo que une a estos partidos en su origen —la indignación, la preocupación por la corrupción y la necesidad de cambio— es más perecedero que la clásica división ideológica que los separa. Lo que sorprende es que haya ocurrido en tan poco tiempo. Ambos partidos deben su ascenso electoral a un discurso de regeneración democrática e institucional sobre el que han sido incapaces de establecer acuerdos. Este resultado puede frustrar las expectativas de quienes les votaron pensando en dichas cuestiones, pero sobre todo frena el alcance de lo que significó en un principio la nueva política, al quedar sepultada bajo bloques ideológicos.

¿Quiénes son esos 10.347?


Un periodista económico maneja muchas estadísticas. Las sobrevive. Pero alguna le hiela el corazón, si aún lo tiene. ¿Quiénes son esos 10.347 tipos y tipas? Los discapacitados que acabaron en paro a final de 2015. En Cataluña: que en esto es casi un paraíso en el conjunto de España.

¿Son muchos, son pocos?

Una enormidad. En 2008 eran solo 4.019. O sea que han aumentado un 157%, casi tres veces más rápidamente que el total de desempleados, hasta medio millón largo (un incremento del 60,2%).

O sea que ser sordo, ciego o mudo en tiempos de crisis triplica tus probabilidades de quedarte en la cuneta. Y cuando viene la reactivación (que no recuperación, esa solo llegará cuando volvamos a los 4.019, el nivel de 2008), el respiro es mínimo: solo 288 encontraron empleo en 2015, un 0,27% del total de los parados con hándicap físico en 2014: 0,27%. 0,27%. 0,27%.

En realidad, ¿nos extraña? Todos conocemos a alguien con esa desventaja, sabemos que los primeros recortes de las Administraciones se aplicaron a quienes disponían de voz más débil (o ninguna) para protestar. Y al cabo estamos fabricados de la misma pasta humana que la peor burocracia.

Porque si es evidente que las políticas activas de empleo —la recolocación, la reorientación, el reciclaje a través de los institutos públicos de empleo— han sido el gran fracaso laboral de este país, este se multiplica en el caso de quienes exhiben discapacidades.

Pero no es un fracaso imputable solo a la política y al aparato administrativo. También a las empresas que incumplen la ley y a los sindicatos y trabajadores que no protestan. Desde la Ley 13/1982, toda empresa con plantilla de más de 50 trabajadores debe reservar el 2% de empleos a los discapacitados. En Cataluña hay 11.000 de esas empresas, pero ¡solo 150! cumplen la normativa, recuenta el colega Sergi López.

Las ventajas de que gozan esas contrataciones son sustantivas: por cada contrato indefinido, la compañía recibe 3.907 euros; se les bonifica la cuota de la Seguridad Social entre 4.500 y 5.700 euros/año; y se le deducen 12.000 euros por persona/año en que se haya incrementado el promedio de trabajadores en plantilla con discapacidad superior al 65%.

Es inútil, si nadie presiona. Solo un 0,27% sale de la cuneta.

domingo, 28 de febrero de 2016

La tentación de sí mismo


Los pierde eso que alguien llamó, tiempo atrás, la tentación de sí mismos: “Ese momento en que miran alrededor, miles de cabecitas allá abajo, y piensan pobres, qué sería de todos ellos si no estuviera yo. O, incluso: qué habría sido de todos ellos si yo no hubiese estado. O, si acaso: qué será de todos ellos cuando yo ya no esté. O quizá piensen ay, qué duro ser el único que. O tal vez, quién sabe: ¿por qué será que sólo yo lo puedo? Lo cierto es que, piensen lo que piensen, creen que el estado –de las cosas, de los cambios, de su ¿revolución?– es ellos y que sin ellos nada. Entonces, se contradicen en lo más hondo y ceden –gozosamente ceden– a la tentación de sí mismos”.

El gobierno más exitoso –el más serio, el más auténtico– del populismo latinoamericano acaba de perder el referéndumque convocó porque su jefe no se resignaba a dejarle su lugar a otro. Después de diez años de gobierno y elecciones triunfales, Evo Morales cayó en la trampa y se llevó su primera derrota. Su partido sigue siendo el más fuerte, pero ahora su candidato para las próximas presidenciales no será una elección sino un sustituto, una opción de segunda, sospechosa de marionetazgo y pasible de perder por ello. Lo mismo que le pasó a Cristina Fernández en la Argentina, sin ir más lejos.

Más allá de resultados, lo curioso es que lo intenten una y otra vez. Que señoras y señores que se llenan la boca con pueblos y militancias y movimientos sean incapaces de confiar en sus pueblos y sus militancias y sus movimientos: que se pasen años en el poder sin conseguir –sin querer– formar a quienes puedan reemplazarlos, anulando a quienes pudieran reemplazarlos, como si la condición de existencia de sus políticas fueran sus personas. Como si no pudieran aceptar la primera regla de la democracia verdadera: que no hay reyes sino delegados. Que nadie es indispensable, que importa el colectivo tanto más que el individuo.

Hablan de izquierdas; frente a los diversos intentos –incipientes, difíciles– de cambiar las formas de hacer política, su voluntad de control y su personalismo los sitúan en la derecha más conservadora. Da argumentos a sus enemigos, los enfrenta con sus sociedades, los derrota, y ni así se resignan a confiar en los suyos: es más fuerte que ellos, hombres fuertes –aunque sean mujeres. Hablan de izquierdas; si hay que buscarles parentescos, quizá sea más fácil encontrarlos con un partido español que está a punto de perder el gobierno porque su jefe no quiere dejárselo a sus compañeros: lo más rancio de la política más rancia.

Consejos en imperativo


Los periodistas siempre han intentado decirles a los Gobiernos lo que, a su juicio, debían hacer en cada momento. Pero ahora se abre paso en algunos medios (sobre todo en los digitales) un lenguaje asertivo que comunica con gran seguridad no ya lo que tiene que hacer el Gobierno, sino cada uno de nosotros en su casa.

Así, encontramos titulares muy parecidos a éstos: “Diez señales que indican que debes cambiar de frigorífico”, “los libros imprescindibles para este verano”, “cinco películas que no te puedes perder”, “qué decoración te conviene para tu apartamento”, “lo que hay que hacer si viajas a París”…

A lo mejor algunos padres les hablan así ahora a sus hijos: “Los seis objetos que no puedes olvidar cuando vas al colegio”, “cómo has de tumbarte en la cama para tener un sueño duradero”, “lo que debes decir para encontrar amiguitos”. Pero cuesta imaginar que ese tipo de lenguaje se dirija a lectores adultos. Sobre todo si hace ya algunos decenios que dejaron de recibir tantas instrucciones juntas sobre asuntos que sólo a ellos conciernen.

Los autores buscan sin duda una comunicación directa y efectiva con el lector, facilitarle la vida; pero eso se podría intentar también con términos más relacionados con la sugerencia que con el mandato

Los autores buscan sin duda una comunicación directa y efectiva con el lector, facilitarle la vida y guiarle por el buen camino; pero eso se podría intentar también con términos más relacionados con la sugerencia que con el mandato, y sin plantear acciones ineludibles que, de no seguirse, harán que el receptor se imagine excluido del mundo donde se hace lo que se debe hacer.

Cada vez que tropiezo con esas conminaciones, me doy un paseo por las críticas tradicionales de cine, de teatro, de libros o de arte en las que un especialista expresa su visión personal (basada en experiencias y conocimientos contrastados) mediante un lenguaje que respeta el espacio intelectual del lector y no le asedia con órdenes militares. Es un alivio. Además, en esos textos se sabe que uno está frente a la opinión de otro, sin que ésta se confunda con la información ni con la obligación.

Todos podemos expresarnos con mucha seguridad sobre aquello que pensamos. Porque sobre aquello que uno piensa, nadie sabe más que uno mismo. Y se entiende que en el debate de las ideas cualquiera manifieste lo que a su juicio mejor proceda; y que acepte luego que se le contradiga con la misma intensidad… y respeto. Pero este lenguaje reciente de tono imperativo me hace recordar como contrapeso una jota de cierto aire ácrata que leí en el libro Folklore burgalés, de Domingo Hergueta, publicado en 1934:

“En el cielo manda Dios.

En mi pueblo, el alcalde.

En la iglesia manda el cura.

Pero en mí no manda nadie”.

Es una de las 50 letrillas populares que usted debe conocer.

De mal en peor


Cada día que pasa, la crisis de los refugiados se complica y se agrava. La incapacidad para abordar una solución conjunta y solidaria acerca peligrosamente el momento en que el cierre progresivo de fronteras decidido de forma unilateral por diversos países acabe con los acuerdos de Schengen y ponga fin a la libre circulación de personas que tanto ha contribuido al proyecto de una Europa unida. La reunión de ministros de Interior celebrada el jueves fue incapaz de ir más allá de un llamamiento a la colaboración y al cumplimiento de los acuerdos. El problema es que se ha entrado en una dinámica en la que no se cumplen los compromisos adquiridos y, en algunos casos, ni siquiera la normativa vigente. Lejos de avanzar, la reunión sirvió para constatar agravios crecientes entre países y una peligrosa tendencia a tomar iniciativas al margen de las instituciones comunitarias.

Editoriales anteriores

Ejemplos recientes han sido la decisión de Austria de convocar a nueve países de la ruta de los Balcanes sin contar con Grecia, que es el más afectado; la decisión de Bélgica de restablecer controles en su frontera con Francia después de que las autoridades de este país obtuvieran autorización judicial para desmantelar los campamentos de Calais, donde miles de refugiados esperan cruzar a Reino Unido; el anuncio de Hungría de un referéndum sobre la aceptación de las cuotas de refugiados, y la decisión de Austria y de otros cuatro países de la ruta de los Balcanes de restringir el tránsito de refugiados.

Ante esta situación, el comisario de Inmigración advirtió que solo quedan diez días para evitar que el sistema se desmorone. Se refería a la celebración, el 7 de marzo, de la cumbre acordada por los jefes de Estado y de Gobierno con Turquía. Pero, tal como están las cosas, parece poco probable que esa cumbre sirva para desbloquear la situación. Hasta ahora, los acuerdos alcanzados con Turquía, a la que la UE ha prometido ayuda financiera para contener y atender a los millones de refugiados que se encuentran en ese país, apenas han dado frutos. La oleada de fugitivos sigue llegando a Grecia a razón de casi 5.000 personas diarias.

A diferencia de otros países, que han restablecido los controles fronterizos y han levantado vallas, Grecia no puede sellar las extensas costas por las que llegan los refugiados. De modo que el progresivo cierre de fronteras en la llamada ruta de los Balcanes amenaza con convertirla en una inmensa bolsa de migrantes sin horizonte. Cada uno se defiende con las armas que puede, y Grecia amenaza con vetar acuerdos comunitarios importantes si no se acepta un reparto obligatorio y proporcional de los refugiados que llegan.

Urge romper esta dinámica en que cada país busca la forma de protegerse endosando el problema a otro, en una deriva individualista e insolidaria que agrava las consecuencias de la crisis humanitaria e impide la única forma de salir del atolladero: el enfoque comunitario. El tiempo se agota.