domingo, 28 de febrero de 2016

La tentación de sí mismo


Los pierde eso que alguien llamó, tiempo atrás, la tentación de sí mismos: “Ese momento en que miran alrededor, miles de cabecitas allá abajo, y piensan pobres, qué sería de todos ellos si no estuviera yo. O, incluso: qué habría sido de todos ellos si yo no hubiese estado. O, si acaso: qué será de todos ellos cuando yo ya no esté. O quizá piensen ay, qué duro ser el único que. O tal vez, quién sabe: ¿por qué será que sólo yo lo puedo? Lo cierto es que, piensen lo que piensen, creen que el estado –de las cosas, de los cambios, de su ¿revolución?– es ellos y que sin ellos nada. Entonces, se contradicen en lo más hondo y ceden –gozosamente ceden– a la tentación de sí mismos”.

El gobierno más exitoso –el más serio, el más auténtico– del populismo latinoamericano acaba de perder el referéndumque convocó porque su jefe no se resignaba a dejarle su lugar a otro. Después de diez años de gobierno y elecciones triunfales, Evo Morales cayó en la trampa y se llevó su primera derrota. Su partido sigue siendo el más fuerte, pero ahora su candidato para las próximas presidenciales no será una elección sino un sustituto, una opción de segunda, sospechosa de marionetazgo y pasible de perder por ello. Lo mismo que le pasó a Cristina Fernández en la Argentina, sin ir más lejos.

Más allá de resultados, lo curioso es que lo intenten una y otra vez. Que señoras y señores que se llenan la boca con pueblos y militancias y movimientos sean incapaces de confiar en sus pueblos y sus militancias y sus movimientos: que se pasen años en el poder sin conseguir –sin querer– formar a quienes puedan reemplazarlos, anulando a quienes pudieran reemplazarlos, como si la condición de existencia de sus políticas fueran sus personas. Como si no pudieran aceptar la primera regla de la democracia verdadera: que no hay reyes sino delegados. Que nadie es indispensable, que importa el colectivo tanto más que el individuo.

Hablan de izquierdas; frente a los diversos intentos –incipientes, difíciles– de cambiar las formas de hacer política, su voluntad de control y su personalismo los sitúan en la derecha más conservadora. Da argumentos a sus enemigos, los enfrenta con sus sociedades, los derrota, y ni así se resignan a confiar en los suyos: es más fuerte que ellos, hombres fuertes –aunque sean mujeres. Hablan de izquierdas; si hay que buscarles parentescos, quizá sea más fácil encontrarlos con un partido español que está a punto de perder el gobierno porque su jefe no quiere dejárselo a sus compañeros: lo más rancio de la política más rancia.

Consejos en imperativo


Los periodistas siempre han intentado decirles a los Gobiernos lo que, a su juicio, debían hacer en cada momento. Pero ahora se abre paso en algunos medios (sobre todo en los digitales) un lenguaje asertivo que comunica con gran seguridad no ya lo que tiene que hacer el Gobierno, sino cada uno de nosotros en su casa.

Así, encontramos titulares muy parecidos a éstos: “Diez señales que indican que debes cambiar de frigorífico”, “los libros imprescindibles para este verano”, “cinco películas que no te puedes perder”, “qué decoración te conviene para tu apartamento”, “lo que hay que hacer si viajas a París”…

A lo mejor algunos padres les hablan así ahora a sus hijos: “Los seis objetos que no puedes olvidar cuando vas al colegio”, “cómo has de tumbarte en la cama para tener un sueño duradero”, “lo que debes decir para encontrar amiguitos”. Pero cuesta imaginar que ese tipo de lenguaje se dirija a lectores adultos. Sobre todo si hace ya algunos decenios que dejaron de recibir tantas instrucciones juntas sobre asuntos que sólo a ellos conciernen.

Los autores buscan sin duda una comunicación directa y efectiva con el lector, facilitarle la vida; pero eso se podría intentar también con términos más relacionados con la sugerencia que con el mandato

Los autores buscan sin duda una comunicación directa y efectiva con el lector, facilitarle la vida y guiarle por el buen camino; pero eso se podría intentar también con términos más relacionados con la sugerencia que con el mandato, y sin plantear acciones ineludibles que, de no seguirse, harán que el receptor se imagine excluido del mundo donde se hace lo que se debe hacer.

Cada vez que tropiezo con esas conminaciones, me doy un paseo por las críticas tradicionales de cine, de teatro, de libros o de arte en las que un especialista expresa su visión personal (basada en experiencias y conocimientos contrastados) mediante un lenguaje que respeta el espacio intelectual del lector y no le asedia con órdenes militares. Es un alivio. Además, en esos textos se sabe que uno está frente a la opinión de otro, sin que ésta se confunda con la información ni con la obligación.

Todos podemos expresarnos con mucha seguridad sobre aquello que pensamos. Porque sobre aquello que uno piensa, nadie sabe más que uno mismo. Y se entiende que en el debate de las ideas cualquiera manifieste lo que a su juicio mejor proceda; y que acepte luego que se le contradiga con la misma intensidad… y respeto. Pero este lenguaje reciente de tono imperativo me hace recordar como contrapeso una jota de cierto aire ácrata que leí en el libro Folklore burgalés, de Domingo Hergueta, publicado en 1934:

“En el cielo manda Dios.

En mi pueblo, el alcalde.

En la iglesia manda el cura.

Pero en mí no manda nadie”.

Es una de las 50 letrillas populares que usted debe conocer.

De mal en peor


Cada día que pasa, la crisis de los refugiados se complica y se agrava. La incapacidad para abordar una solución conjunta y solidaria acerca peligrosamente el momento en que el cierre progresivo de fronteras decidido de forma unilateral por diversos países acabe con los acuerdos de Schengen y ponga fin a la libre circulación de personas que tanto ha contribuido al proyecto de una Europa unida. La reunión de ministros de Interior celebrada el jueves fue incapaz de ir más allá de un llamamiento a la colaboración y al cumplimiento de los acuerdos. El problema es que se ha entrado en una dinámica en la que no se cumplen los compromisos adquiridos y, en algunos casos, ni siquiera la normativa vigente. Lejos de avanzar, la reunión sirvió para constatar agravios crecientes entre países y una peligrosa tendencia a tomar iniciativas al margen de las instituciones comunitarias.

Editoriales anteriores

Ejemplos recientes han sido la decisión de Austria de convocar a nueve países de la ruta de los Balcanes sin contar con Grecia, que es el más afectado; la decisión de Bélgica de restablecer controles en su frontera con Francia después de que las autoridades de este país obtuvieran autorización judicial para desmantelar los campamentos de Calais, donde miles de refugiados esperan cruzar a Reino Unido; el anuncio de Hungría de un referéndum sobre la aceptación de las cuotas de refugiados, y la decisión de Austria y de otros cuatro países de la ruta de los Balcanes de restringir el tránsito de refugiados.

Ante esta situación, el comisario de Inmigración advirtió que solo quedan diez días para evitar que el sistema se desmorone. Se refería a la celebración, el 7 de marzo, de la cumbre acordada por los jefes de Estado y de Gobierno con Turquía. Pero, tal como están las cosas, parece poco probable que esa cumbre sirva para desbloquear la situación. Hasta ahora, los acuerdos alcanzados con Turquía, a la que la UE ha prometido ayuda financiera para contener y atender a los millones de refugiados que se encuentran en ese país, apenas han dado frutos. La oleada de fugitivos sigue llegando a Grecia a razón de casi 5.000 personas diarias.

A diferencia de otros países, que han restablecido los controles fronterizos y han levantado vallas, Grecia no puede sellar las extensas costas por las que llegan los refugiados. De modo que el progresivo cierre de fronteras en la llamada ruta de los Balcanes amenaza con convertirla en una inmensa bolsa de migrantes sin horizonte. Cada uno se defiende con las armas que puede, y Grecia amenaza con vetar acuerdos comunitarios importantes si no se acepta un reparto obligatorio y proporcional de los refugiados que llegan.

Urge romper esta dinámica en que cada país busca la forma de protegerse endosando el problema a otro, en una deriva individualista e insolidaria que agrava las consecuencias de la crisis humanitaria e impide la única forma de salir del atolladero: el enfoque comunitario. El tiempo se agota.